Receta para una estrategia de publicidad

 

Hay dos formas de cocinar un plato elaborado: la primera de ellas es por intuición, que es cuando ya sabemos de memoria los ingredientes y el proceso de elaboración, y poco a poco sobre la marcha vamos dándole forma a aquello que teníamos en nuestra mente. Pero esta manera sólo está reservada para cocineros experimentados.  La segunda, y la forma más segura si no estamos familiarizados con el plato a elaborar, es seguir una receta. Sin embargo, aún siguiendo las instrucciones, las cosas no siempre salen como queremos, y algunas veces el plato resultante no se parece al de la foto.  La experiencia ayuda mucho para identificar qué pasos de la receta son necesarios modificar para conseguir exactamente lo que esperamos.

Algo similar ocurre en el mundo de la publicidad y del marketing: no hay recetas infalibles que nos garanticen un éxito rotundo, pero sí existen fórmulas y consejos que nos pueden ayudar a que el plato resultante sea lo más parecido posible a lo que buscamos.

Aunque la receta que describo a continuación está descrita para hacer estrategias de publicidad, estas mismas instrucciones se pueden modificar en función del plato que queramos obtener o de nuestros gustos y preferencias.

Así pues, comencemos a cocinar una deliciosa estrategia de publicidad. Lo primero es tener preparados todos los ingredientes necesarios.  Como en toda receta, la calidad de dichos ingredientes definirá que nuestro resultado final sea óptimo:

  • Láminas finas de contexto global.
  • Un espejo, si puede ser de cuerpo entero, mejor.
  • 500 gramos de información sobre los competidores.
  • Un público objetivo.
  • Dos o tres objetivos, de preferencia bien definidos.
  • Todo el presupuesto que pueda.
  • Un reloj.

Una vez tenemos todo preparado, comenzamos por distribuir las láminas del contexto global en la base del recipiente donde desarrollaremos nuestra receta.  Intente asegurarse que utiliza láminas que sean relevantes para su estrategia, aunque no cubra completamente la base.  Si, por ejemplo, encuentra una lámina de contexto que habla de la situación económica y ve que afecta directamente a su negocio, póngala en el centro.  Tenga cuidado, porque algunas láminas pueden parecer atractivas, pero al colocarlas en su sitio, no tienen ninguna relevancia para nuestra receta.

Después, ponga delante del espejo su marca.  Digo marca, pero como esta receta es flexible, puede servir por ejemplo para hacer una estrategia personal, en cuyo caso tendría que ponerse usted mismo delante del espejo.  Una vez situado, comience a desgranar todas las cualidades y defectos que encuentre, y vaya haciendo dos montones con cada uno de los descubrimientos: en uno los negativos y en otro los positivos.  Asegúrese de no dejar ningún recoveco sin mirar, y no intente pasar por alto algunos defectos porque puedan resultar incómodos.  Cuando haya terminado esta tarea, ponga ambos montones en la batidora.

Incorpore toda la información sobre los competidores, intentando que vayan encajando con los descubrimientos que ha hecho en el espejo.  De esta forma, podrá encontrar cualidades que posee su marca y que no tiene ningún otro competidor.  Cuando encuentre una de estas coincidencias, apártela en un plato.  Si no encuentra ninguna, remueva vigorosamente.  Una vez localizadas dos o tres coincidencias y apartadas en el plato, deje el resto de los descubrimientos hechos en el espejo a mano, por si acaso.

Ahora, tome entre sus manos a su público objetivo.  Mírelo detenidamente.  Vuélvalo a mirar.  Pregúntele qué es lo que espera de una marca como la suya, y mire si sus respuestas coinciden con las ventajas que ha descubierto que tiene su marca sobre sus competidores.  Si no lo ve muy claro, pregunte a su público objetivo si las cualidades de su marca le son útiles.  Las respuestas de su público objetivo las llamaremos “insights”, así, en inglés, para que nuestra receta tenga mayor empaque.  Cuando descubra que hay algún “insight” que encaje con uno de los descubrimientos que tenemos en el plato, envuélvalo en papel de cocina, límpielo bien y póngalo en la bandeja donde estaban distribuidas las láminas de contexto, intentando que todo tenga coherencia.  Una vez tenga dos o tres “insights” que encajen con los atributos de la marca, el resto, tírelo a la basura.  Sin piedad.  Cuando estamos preparando una estrategia, el objetivo no es demostrar lo mucho que se ha trabajado.

Para el siguiente paso, mire si los objetivos que tiene para hacer nuestra receta vienen con su correspondiente KPI.  Si no le resulta fácil reconocer a simple vista el KPI, mire si hay alguna forma de evaluar, de forma cuantitativa, la consecución del objetivo.  Eso es un KPI.  Si no lo tienen, entonces hay que definir nuevamente su objetivo.  Cuando los tenga bien definidos, báñelos con el “insight” encontrado en el paso anterior, métalo en el horno y poco a poco verá que surge una masa uniforme, esponjosa, de buen color.  A esa masa la llamaremos “eje estratégico”.  Poco a poco, verá como de ese eje estratégico van surgiendo las ideas para conseguir sus objetivos, de forma que sean relevantes para su público objetivo.

Cuando las ideas desborden el recipiente, vaya poniendo alrededor su presupuesto, de tal forma que sujete las ideas para que no se caigan, pero que crezcan lo más posible.  Algunas veces, al colocar el presupuesto, verá que algunas ideas no caben.  En ese caso, ponga la idea aparte y métala en el congelador: nunca se sabe cuándo podrá utilizarla.  Con las ideas que quepan en el presupuesto, vaya definiendo con un pincel cómo llevarlas a cabo.  Sirva en un plato que no reste protagonismo a las ideas, al contrario, que ayude a que destaquen.

Por último, ponga en marcha el reloj con el periodo de tiempo para el que ha desarrollado la estrategia.  En cuanto suene la alarma indicando que ha terminado el tiempo definido, revise si se han conseguido los KPI’s de sus objetivos.  Independientemente de si ha logado alcanzarlos o no, recoja el aprendizaje necesario para realizar nuevamente la receta.  No se sienta decepcionado si su resultado no se parece a la foto inicial: cuantas más estrategias realice le ayudarán a conseguir la experiencia necesaria para hacer esta receta de memoria.

La data me mata

 

 

En 1989 se estrenó la película “Back to the future II”, en la que Robert Zemeckis y Bob Gale juegan con el pasado, el presente y el futuro. En una parte clave de la trama, nos muestran cómo el viejo Biff Tannen lleva a su “yo” de 1955 un almanaque con todos los resultados deportivos de los próximos 50 años.  Con esta información, el joven Biff Tannen comienza a realizar apuestas y a ganar mucho dinero, creando una realidad paralela a la original.  En la película, Robert y Bob resumen en unos pocos segundos cómo Biff crea un imperio gracias a las apuestas, pero en la vida real esto no sería posible sin esfuerzo y trabajo por parte del personaje.

Sí, aunque suene raro, Biff tendría que haber sido cuidadoso con las apuestas que realizaba para que las autoridades no sospecharan que estaba amañado.  Y tendría que pensar bien en qué eventos y qué resultados apostar, para con pocas apuestas conseguir grandes resultados y así, no hacer saltar las alarmas.  También tendría que haber sopesado bien dónde invertir el dinero que había ganado, ya que no hubiera sido el primer caso de alguien que se vuelve millonario de la noche a la mañana y lo dilapida en poco tiempo, volviendo a su estado inicial.  En resumen: Biff tenía la información, pero tenía que que haber sabido manejarla correctamente para conseguir los objetivos que su “yo” del futuro se había planteado.

Lo que hace unos años era un bien escaso, la información, actualmente es un recurso inagotable tanto en el ámbito empresarial como en nuestra vida diaria.  De hecho, en la actualidad tenemos acceso a mucha más información de la que somos capaces de procesar.  La información es vital para conseguir un objetivo, pero como ocurre con el almanaque de Biff, sólo nos es útil si sabemos manejarla correctamente.

Para ello, el primer paso es ser capaces de separar lo verdaderamente valioso de lo que, aunque pueda parecer interesante, no nos resulta provechoso.  Pensemos en uno de los recursos más empleados actualmente: Wikipedia.  Cada vez que utilizamos la Wikipedia como fuente, hay que pensar que todo su contenido es creado por multitud de personas anónimas de forma voluntaria.  Eso hace que a veces ocurran situaciones estrambóticas que nos recuerdan que esa información no es del todo fiable, como ocurrió cuando el tenista Rafael Nadal ganó por 13º vez el torneo de Roland Garros. La descripción de dicho torneo en la Wikipedia se vio modificado con la siguiente frase: “es un torneo (…) en el que compiten 127 jugadores cada año para luchar por el subcampeonato y ser la persona más cerca de Nadal cuando levante el trofeo”.  Si esta frase estuvo publicada, quiere decir que cualquier información puede ser alterada sin previa comprobación, lo que nos lleva a pensar que no podemos tomar todo el contenido de esta web como válido sin haberlo contrastado previamente.

El proceso de recopilar y procesar la información, aunque muchas veces engorroso, puede ser la clave para conseguir nuestros objetivos en general y concretamente en marketing.   La información bien utilizada nos permite llegar al público objetivo de nuestra campaña de una forma eficaz. Si, por ejemplo, somos capaces de identificar que los clientes potenciales de una marca en concreto son, a la vez, seguidores de un deporte específico de una forma significativamente mayor que la media de la población, tal vez tenga que plantearme realizar alguna acción relacionada con ese deporte para impactarlos de forma más eficaz.  Pero si no somos capaces de extraer los insights correctos con la información que tenemos, seremos un poco como el joven Biff de 1955 cuando acaba de recibir el almanaque: con una herramienta muy poderosa en las manos y con un sinfín de posibilidades de uso, pero sin saber hacia dónde enfocarla o cómo usarla.

La clave del éxito