Como muchos sabéis, nací en Querétaro, México, pero llevo más de 16 años viviendo en Madrid. Y una de las cosas que más me impactó cuando llegué a España fue la facilidad con la que la gente dice que no. De hecho, al principio me sentía bastante molesto en algunas situaciones, porque recibía un no rotundo, rozando lo que a mi parecer era mala educación. A partir de ahí, comencé a fijarme en la dificultad que tenemos en México para decir esa palabra: buscamos eufemismos, evasivas, incluso mentimos antes de hacerlo.
Desafortunadamente no saber frenar cosas a tiempo pueden causar problemas. Recuerdo que cuando comenzaba a trabajar, mi jefa me preguntaba si sabía hacer tal o cual cosa, y yo, por vergüenza de que pensara que no era competente, le decía que sí. Ella, consecuente con mi respuesta, me dejaba encargado de tareas para las que nadie nunca me había explicado cómo hacerlas. Resultado: tardaba el doble en hacer algo y muchas veces lo hacía mal. Eso significa gasto de recursos y de tiempo. Después de un par de situaciones entendí que es mejor asumir tus limitaciones y recurrir a quien pueda enseñarte.
La otra cara de la moneda respecto a decir que “no” se refiere al respeto. Imaginad esta situación: un grupo de 10 personas, 23:00 horas, saliendo de un restaurante, uno de ellos dice: ¿qué os parece si nos vamos a (rellene aquí con el sitio de su preferencia)? ¿Qué pasaría si la respuesta de alguno de los otros 9 sujetos fuera que está cansado y que se va a su casa? ¿El resto del grupo respetaría su decisión? Lo más probable es que lo siguiente sea un acoso directo para que el que se quiere ir cambie de opinión. Para evitarlo, en México, probablemente ese sujeto que se quiere ir a su casa se vea obligado a mentir (“Sí, después los alcanzo”).
En el mundo empresarial también nos encontramos con algunos “no” camuflados, que afectan directamente a las transacciones y al desarrollo de la empresa. Proveedores que te dicen que “en breve” te mandan la factura y nunca llega, clientes que “ahora” te hacen el ingreso o incluso empresarios que dimensionan mal sus posibilidades y prometen cumplir con plazos o condiciones imposibles. En el mundo empresarial, el tiempo es dinero, y cada vez que alguien aplica alguna de estas evasivas existen unas pérdidas económicas que en muchos casos son irrecuperables. Cómo cambiarían las situaciones si desde el principio dijéramos que no. Sin culpas, sin reproches.
Estamos tan acostumbrados a engañarnos que nos lo hacemos a nosotros mismos y no somos capaces de decirnos que no. Con esto no me refiero a cortarnos las ilusiones en el momento de emprender algún proyecto difícil, pero sí creo que es necesario ser honestos con nosotros mismos, conocer nuestras capacidades, virtudes y limitaciones, estudiar detenida y fríamente las situaciones a las que nos enfrentamos, y si la conclusión de estas reflexiones tiene que ser un no, decirlo alto y claro: No.
Y tú, estimado lector: ¿cuántas veces te has quedado con las ganas de decir que no?

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